A contra A

CAMINOS – “La fiesta de un chico sin vida y una muñeca de trapo”

Posted in CAMINOS by AcontraA on 17 marzo, 2010

-¿Recuerdas aquel cuento del niño que lo perdía todo?

-Sí claro, lo escuché de boca de Toñi cuando éramos unas crías.

-¿Tantos años llevas dentro de mí?

-Sí, más o menos los que tienes.

-Y entonces… ¿Por qué tardaste tanto en dar señales de vida?

-Porque esperé el momento justo, tenía que pillarte infraganti y asegurarme de que no se lo contaras a nadie… Paso de loqueros…

-Un respeto.

-¿A quién? ¿A los loqueros?

-Bueno, déjalo.

-Espera espera, que sí que recuerdo el cuento del niño que lo perdía todo. Pero, ¿a qué venía la pregunta? Ahora no me dejes así…

-Es que Hus me recuerda al niño de aquel cuento. Lo ha perdido todo en un par de semanas, me parece increíble que pueda suceder algo así en el mundo. Hay días en los que creo estar dentro de una burbuja; en cuyo interior nada malo pudiera suceder. Pero parece que nunca dejan de suceder cosas extrañas…  Cuando me lo contaba esta mañana, recordé, la viñeta de Mafalda  aquella, ¿recuerdas? Esa en la que aparecía al lado de ella la bola del mundo llena de vendas; “el mundo está malito”. Me pregunto si alguna vez podremos curarlo. Y después de esto que le ha sucedido a Hus, ya no sé quién está en lo cierto, qué es lo correcto y que no lo es. Tengo la sensación de ser un disco duro que ha sido programado para pensar de una determinada manera, para valorar las cosas en la medida en la que ese programa las entiende. Pero hay huecos y muchos detalles que no se reflejan en él, esto de Hus, por ejemplo, ¿quien ha formateado su disco duro para que acepte algo así? ¿Quién ha formateado el mío para que no lo comprenda?  Pienso que la resignación es la mejor manera de permitir que sigan sucediendo este tipo de cosas…

Dos semanas antes de esta conversación… A más de ocho mil Kilómetros de allí…

Hus entraba en casa de sus padres; iba a pasar allí dos semanas con la familia, pues vivía fuera de su país desde hacía más de ocho años…  Nada más cruzar la puerta, se encontró con un salón lleno de gente… Personas agolpadas en los sofás,  de pie, sentadas en el suelo;  cuando lo habitual era, como mucho, encontrarse a su madre o a alguna de sus hermanas menores… Reconoció entre los allí presentes a su hermano Shaha y las mujeres de este, Ahlam y Shel.  Su prima lejana Shal a la que no veía desde hacía un lustro se acercaba para saludarle, pero Hus, en ese momento, temiéndose lo peor, no hacía sino intentar buscar entre todas aquellas caras la de su abuelo; pero antes de dar con él sus sospechas se desvanecieron, cuando se percató de que el semblante de aquellas personas era de felicidad. La madre de Hus se acercó como pudo a él, y cogiéndolo de la mano lo llevó tras ella como cuando era niño. Al llegar a la altura de la mesa del salón, se paró en seco y soltó la mano de este. La  mesa estaba ocupada por siete personas, a las que Hus juraría no haber visto en su vida. Eran dos hombres mayores; uno de unos cincuenta años y otro que con certeza pasaba de los ochenta, y sentadas frente a ellos cuatro mujeres; dos de ellas de mediana edad y otras dos jóvenes, estas últimas no dejaban de sonreír en ningún momento… Y presidiendo la mesa una chica joven de cabellos oscuros, que ni siquiera  levantó la cabeza. Fue entonces, en ese momento, cuando Hus se percató de lo que sucedía. Olía a azafrán. Volvió la cabeza atrás y recorrió con su mirada el salón, la decoración de este; la expresión de los presentes le recordaba que todas aquellas personas estaban ahí por él;  incluida la joven que seguía sin levantar la cabeza y que parecía intentar escapar de todo aquello.

Una de las mujeres, la que más cerca de la joven estaba, se levantó despacio, tomándose su tiempo, cogió la mano de la joven y le hizo un gesto sutil para que se pusiera en pie. Ella se levantó de la silla, pero su mirada seguía clavada en la mesa. La mujer  se acercó a Hus y empezó a tocarle el pelo, le abrió la boca con las manos para comprobar la dentadura de este como si de un caballo se tratara; en ese momento Hus hizo ademán de retirarse, pero su madre le cogió de la mano y este accedió a que aquella señora continuara, mirando sus manos, tocando sus hombros…  Quiso salir de aquella casa; pero el respeto a sus padres se lo impedía como una losa pesada que le aplastaba y le obligaba a quedarse ahí,  inmóvil. Recordó entonces a María, y sus más de mil despertares el uno al lado del otro; y sintió que todos aquellos recuerdos eran arrancados de sus entrañas a sangre fría, sin opciones, sin anestesia, sin previo aviso.

Hus presenció esta misma escena años atrás cuando a su hermano lo prometieron con la que fue su primera mujer, pero ese día no recuerda que nadie le robara una vida al protagonista, cuyo semblante era el de una persona dichosa y feliz…

La joven seguía con la mirada fija en el terrazo. Esta vez era la madre de él la que analizaba a la joven.  Hus recordó de nuevo a María como si de su anterior vida se tratara, como quien recuerda  un amor que murió, María, que tan solo veinte horas antes le besaba en el aeropuerto. María, con la que la noche anterior hacia planes para toda una vida… En ese momento, las dos madres se abrazaron y estalló la fiesta. Todos reían y se acercaban a la mesa. Personas en las que hacía un momento reconocía a sus familiares, se habían convertido en extraños oscuros, verdugos de sonrisas enormes; que deformaban y llenaban sus caras, todo daba vueltas y giraba de izquierda a derecha, de derecha a izquierda. Aquel salón se derretía y dejaba tras de sí un fondo blanco, nada. La nada que llevó a Hus hasta María de nuevo, al momento en que se despidió de ella, intentando confirmar en sus recuerdos; si aquel último beso que le dio sería suficiente para que ella se sintiera amada el resto de su vida. Intentando recordar cuales fueron las últimas palabras que le dedicó. Deseando que aquella vida junto a María hubiera sido suficiente como para que ella le perdonara aquello. Deseando a su vez no haber significado nada en su vida; para evitar así que sufriera.

De nuevo gira la imagen, cambia el escenario. La habitación es pequeña; la sala en la que Hus y su hermano jugaban de niños, se había convertido en una improvisada salita de estar de esas en que es tradición dejar solos a los prometidos para que se conozcan. Los dos sillones que había estaban ocupados por Hus y la joven. Tan solo les separaba una mesita redonda de mármol rosa con tres pies de madera lacada en negro. Y sobre la mesa una taza de té, la de la joven; Hus sujetaba la suya entre las manos y se concentraba en el líquido, deseando que se convirtiera en el veneno que le hiciera terminar con un dolor imposible de soportar. La joven levantó la mirada buscando la de él, pero la mirada de Hus continuaba sumergida en el interior de la taza. Ahora él buscaba la de ella, pero encontró que sus ojos se habían cerrado. De nuevo buscaron los dos, y se aguantaron la mirada unos pocos segundos, los suficientes para hacer real aquella pesadilla. Pero cayeron de nuevo, la de ella al suelo de terrazo, la de él en el interior de la taza de té. La puerta estaba abierta y tras ella continuaba la fiesta. Justo en ese momento entró la madre se Hus en la salita, invadiendo con su presencia un espacio vacío en el que coexistían, junto a los muebles; un chico sin vida y una muñeca de trapo. La madre de la joven tardó poco en aparecer, acercarse al sillón donde estaba su hija, coger a esta de la mano, y sin mediar palabra llevarla fuera de aquella salita.

Los invitados abandonaban la casa entre sonrisas, y abrazos. Tras el último, la madre de Hus cerró la puerta. Quedaban en el salón los de casa. Su padre y su abuelo paterno sentados en el sofá, sus hermanas pequeñas, Meg de quince años y Ziu de tan solo seis años; que picoteaban entre las sobras de la fiesta y enredaban con la decoración de las mesas… Su madre continuaba en la puerta, sonreía y miraba a Hus orgullosa. Este continuaba de pie, apoyado en la pared del salón junto a la puerta de entrada a la salita. La madre avanzó hasta él y cogió entre sus manos la mano de este, como nunca antes lo había hecho. Hus confiaba en que aquella mujer y su hija hubieran salido para siempre de aquella casa, y que aquello, al final, se tratara de una broma macabra de esas que te gasta de vez en cuando la vida, y que gracias a ellas, uno aprende  a disfrutar de los pequeños detalles, de los despertares junto a María…

-Mi niño, al fin te vas a convertir en un hombre. Ella se irá contigo a ese país extranjero, tranquilo, que no tendrás que abandonar tus negocios. Ella cuidará de ti y te dará hijos que más tarde cuidarán de vosotros. Y cuando regreses aquí, ella cuidará de nosotros. Dentro de dos semanas se celebrará la boda. Llegaste aquí hoy sin nada y regresarás en dos semanas con todo.

Hus; el mismo chico que había hecho el viaje a aquella casa pensando en cómo iba a ser su reencuentro con María, ahora regresará casado con alguien a quien ni siquiera conoce…

María, te debo mi felicidad, mi amor, el renacer de mis sentidos, el calor, las sonrisas, la paz de quien sueña y logra despertar cada mañana junto a una realidad aun más placentera que la de aquel sueño. Pero a ella le debo mi vida María. Sé que tú jamás harías algo así a tu hijo, ella cree hacerlo por mi bien. Pero imagina, María, que después de tener un hijo, este te abandona y lo pierdes para siempre. ¿No te rompería ello mucho más el corazón de lo que ahora se te rompe?

-¿Crees que será feliz?

-Dice que se acostumbrará, que su resignación evita males mayores.

-¿Y tú qué piensas?

-Pienso en donde queda la libertad de las personas…

-Pero nadie le obligó,  ¿no?.

-No, no le obligaron, pero le programaron para que llegado el momento, por respeto y obediencia, no pudiera negarse. Supongo.

-¿Tú dejarías que te pasara algo así?

-No puedo ponerme en esa situación, me resulta imposible pensar que haya sucedido algo así en el siglo en el que vivimos, y a alguien como Hus.

-Hay religiones que…

-No tiene nada que ver con la religión, su resignación no viene de ahí. Son la cultura, las tradiciones; que cuando se impide la evolución de estas, llega un momento, como en el de Hus, que chocan inevitablemente; transformando a una persona feliz en un ser resignado y triste…

4 comentarios

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  1. 39escalones said, on 18 marzo, 2010 at 8:11

    Todos estamos programados; incluso los que creemos no estarlo por los “programadores oficiales”. El hombre creó a Dios y a los ordenadores a su imagen y semejanza (si me permites un comentario crítico, es mejor insinuar las ideas pero no contarlas tan explícitamente.
    Besos.

    • todorelatos said, on 18 marzo, 2010 at 8:43

      “39”… Muchos “programadores oficiales” son esos… Claro, así andamos…
      Las críticas, si son constructivas, siempre son bien recibidas… (sonrisa).
      Gracias
      Besos

  2. Mar said, on 19 marzo, 2010 at 20:19

    ¿ y si lo que le pasó a Hus es lo que mucha gente hace voluntariamente con su vida?.Una historia muy triste sin duda, pero muy real.Has creado una nueva categoría de gente, los y las Hus, que son muchos los que conocemos Enhorabuena princesa¡

    • todorelatos said, on 20 marzo, 2010 at 9:48

      Mar… No lo había pensado, pero sí que hay más de una/o que lo hacen sin que nadie les obligue. Y si nos pusiéramos a analizar el por qué lo hacen… seguro que íbamos a alucinar… Gracias por seguir leyendo princesa! Muchos besitos de sabadete por ahí! ¡Qué envidia!


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