A contra A

El sobre

Posted in EL SOBRE by AcontraA on 20 marzo, 2010

Una mañana de tantas, en una tranquila  zona residencial a las afueras de Boston; Susan  observaba el ir y venir de sus vecinos;  asomada a la ventana de la guardilla de su casa. Vio entonces, cómo se le caía  una carta de la saca al cartero y este no se daba cuenta… Pensó que probablemente, cuando llegara a recogerla, ya habrían pasado por ahí unas diez personas; pero aun así lo intentaría. Bajó las escaleras tan rápido como pudo, eran tan solo ocho escalones, pero para su cuerpo joven, aunque cada día más frágil, eran escaleras de vértigo, se precipitaban al vacío, enroscadas entre sí, subían y bajaban, sin barandilla, escalones pequeños y otros imposibles de alcanzar…  Llegó a la puerta principal a duras penas; pero cuando se disponía a abrirla, esta empezó a alejarse impidiendo que Susan  alcanzara el pomo…  Decidió sentarse  en el suelo para recuperar  el aliento. Unos  pocos minutos más tarde, logró ponerse en pie y abrirla. La luz de la mañana le cegaba. Se frotó los ojos con las yemas de los dedos, intentando recuperar la vista. Dio un tímido paso y se adentró lentamente en aquel mundo que no era el suyo, desde que le diagnosticaran la enfermedad que la obligaría a quedarse para siempre en aquella casa…  Una vez hubo cruzado el pequeño jardín que había frente a la casa, se detuvo de nuevo. En la calle conversaban la señora Sullivan y la hija de esta, Claris; pero Susan apenas podía verlas, tan solo escuchaba sus voces… Las casas adosadas comenzaron a ensancharse y estrecharse, subían hasta casi rozar las nubes y lentamente bajaban hasta quedar al ras del suelo.  Cuatro metros, como mucho cinco y la carta ya estaría en sus manos. Llegó hasta ella pasito a paso, con cuidado de no caer por el precipicio en el que se había convertido la calzada.  Se agachó para cogerla y en ese mismo momento, el suelo empezó a alejarse, dejando la carta fuera de su alcance, laberintos de acera; entre los que la carta se deslizaba impidiendo que Susan se hiciera con ella. De nuevo decidió sentarse hasta que todo volviera a su ser. Ya con la carta en sus manos, daba vueltas a esta para averiguar a quien iba dirigida; pero no lograba enfocar las letras, así que la guardó en el bolsillo de su chaqueta  y emprendió el viaje de vuelta a casa…

-¡¿Necesitas ayuda Susan?!¡¿Te encuentras bien?!- La señora Sullivan gritaba desde la acera de enfrente.

-¡No, no, gracias, todo bien!-

Entró en casa y se dirigió de nuevo  hacia la escalera que había  frente a la puerta de entrada, y se sentó en el primer escalón; descansando la cabeza contra la pared…  Sacó la carta del bolsillo y la apoyó en sus rodillas. Su expresión había cambiado, se adivinaba en su cara la misma ilusión que años atrás, cuando regresaba a casa las mañanas de los sábados con algo de música o de lectura, dispuesta a disfrutar de su tesoro, a olvidarse de todo. Esos momentos en los que deseaba que el mundo dejara de existir unas horas y que exigían cierta intimidad; la intimidad de un niño que disfruta de su juguete nuevo, y se esconde, deseando que nadie le moleste. Logró enfocar las letras de la carta.

En el remite podía leerse:

Valérie Lemoine

37, rue Etienne-Marcel
75002 Paris – FRANCE

El destinatario era Paul; vivía dos casas más abajo de la suya. ¿Estaría bien quedarse con ella?  Era su momento, y le había costado mucho trabajo conseguirla. No podría llegar hasta casa de Paul aunque quisiera. Así que la abrió sin más dilaciones. ¿Estaría escrita la carta en francés?

Nada, dentro del sobre no encontró nada. Solo el envoltorio, la ilusión se había esfumado. Todo aquel esfuerzo para encontrarse con un sobre sin carta. Se levantó como pudo  y se dirigió al salón con una media sonrisa en su cara; buscó entre sus discos el de Edith Piaf, y dejó que París le regalara algo más que un sobre vacío. Se sentó en el sofá, se puso su antifaz blanco y se acostó con aquel sobre  en sus manos…

Cuando despertó ya estaba casi anocheciendo; el disco había terminado hacía horas, y alguien aporreaba la puerta de casa…

 -¡¡ ¿Hay alguien ahí?!! Vamos, sé que hay alguien. ¡¿Susan, está ahí?! No me iré hasta que me abra la puerta… Es importante, tengo que hablar con usted. ¡¡Abra la puerta por favor!! Es de suma importancia…

-Ya va, ya va… No se impaciente…- Susan estaba sentada detrás de esta, esperando para poder abrirla.

-Por favor, es muy importante que me abra usted la puerta señorita.

-Buenas tardes. Ya está abierta. ¿Y bien…?

Paul miraba a Susan impaciente, mientras a ella, aun con el antifaz de diadema, le costaba reaccionar…

-Buenas noches Susan. Me ha dicho la señora Sullivan que esta mañana salió usted a la calle, y que la vio recoger una carta del suelo. Esa carta me pertenece, y tengo que recuperarla. Así que si no le importa…

-¿Y cómo sabe usted que era suya la carta?

-El cartero me dijo que la llevaba encima, y que al llegar a mi casa, esta ya no estaba en su saca… He preguntado por todo el barrio intentando averiguar si alguien la había encontrado, hasta que la señora Sullivan me ha contado…

-Pase si quiere; no se quede ahí fuera.- Susan había  despertado de repente y sus ojos se abrían como por arte de magia.

-Gracias, pero solo un momento. Dígame Susan, ¿cogió aquella carta?

-¿Quiere tomar algo Paul?

-Sí gracias, tomaré un café si no es molestia…

-No, en absoluto. Nos tomaremos un café. ¿O mejor un té?

-Sí, un té estaría bien. Gracias. ¿Cogió usted la carta Susan?

-No hay de qué, siempre está bien tomar el té. Como hacen los ingleses. Dígame Paul, ¿ha estado en Inglaterra alguna vez?

-Sí, hace un par de años, por negocios. ¿Y usted?

-No, nunca he estado, pero seguro que iré pronto. Viajaré por todo el mundo, y recorreré cada rincón. ¿Y en París? ¿Conoce París?

-Sí, también estuve en París; pero de aquello hace unos cuantos años… Por cierto Susan la carta que cogió usted esta mañana…

-Y dígame Paul, ¿cuál de las dos prefiere? ¿A cuál de las dos se iría a vivir usted para siempre? ¿Londres o París?

-Pues… a ninguna de las dos.- Paul estaba sentado en un sillón del salón; observaba a Susan preparar el té.- ¿Se encuentra bien Susan? ¿Necesita ayuda? ¿Puedo…

-Oh no, no se preocupe, estoy bien- El frágil cuerpo de Susan buscaba apoyo en la encimera de la cocina; su agotamiento era cada vez mayor.

-Déjeme ayudarla por favor…

-No es necesario, yo…

-Insisto. Siéntese y descanse, lo necesita.

-Tomemos el té en el salón Paul, los ingleses así lo hacen, ¿no?- Paul guiaba a Susan hacia el salón con una mano mientras llevaba la bandeja del té con la otra…

-¿Dónde se sienta usted Susan?

-Aquí, me gusta tomar el té sentada con las piernas sobre el sofá. Hace más especial el momento. ¿No cree Paul? Podríamos escuchar a Garland…

-No se levante Susan, yo puedo… ¿Dónde tiene usted el disco?; dígamelo y lo pondré.

-Ahí, detrás suyo, sobre la mesa del comedor.

-¿Estaba usted escuchando a Edith Piaf Susan?

-Sí, hace que me sienta como en París.

-Pero si dijo hace un momento que nunca había visitado París.- Paul sustituía un disco por otro y ajustaba la aguja del tocadiscos…

-Pero sé cómo  se siente  uno cuando está allí; Para eso no es necesario haber estado.

– ¿Quiere dos terrones o uno?

-Uno, gracias, es usted todo un anfitrión.- Paul sonrió y le acercó la taza de té a Susan.

-Puedo cogerla sola, no se moleste, siéntese por favor.

-Disculpe, es que se la ve tan frágil que pensé…

-Puede que esté frágil, sí, pero pronto estaré visitando un montón de ciudades…

-Me alegro Susan; si quiere puedo explicarle cómo es París antes de que usted…

-Prefiero descubrirlo. No se moleste. Pero si usted me lo cuenta con todo detalle; hará que lo imagine sin haberlo visitado y perderé todo interés por él.

-Está bien, entonces esperaremos a que lo visite para hablar de él, ¿es así?

-Así es. ¿Querría usted acompañarme en algunos de mis viajes Paul?

-Pues… No me conoce a penas Susan, me temo que no sería muy buena compañía para…

-Oh, sí que le conozco Paul. Le observo algunos días desde mi ventana. Sé que es usted un tipo aburrido, que no molesta a nadie, y que trabaja hasta altas horas de la madrugada; y sé que está sólo, que nunca recibe visitas.

-Sí, puede ser. ¿Seguro que se va a poner usted mejor y podrá hacer esos viajes?- Paul parecía no  acordarse de la carta. Acomodado en el sofá frente a Susan; observaba como esta enredaba con la taza de té recostada en el sofá;  abrigada con aquella chaqueta de punto sobre su bata de seda blanca.

-¿Entonces? ¿Me acompañará en mis viajes por Europa o no Paul?

-Sí, le acompañaré Susan, si así lo desea.

-¿Tiene prisa Paul?

-Pues… no;

-¿Puedo tutearle?

-Sí, claro que puede, supongo que después de haber tomado el té…

-Puedes sentarte aquí, a mi lado; estaremos más cerca el uno del otro.

Paul se levantó y se sentó en el sofá, al lado de Susan, y esta apoyó sus pies en las piernas de él.

-Así mejor, ya somos amigos, tenemos muchas cosas que contarnos….

Paul no sabía dónde meter las manos, la situación le incomodaba tanto como le agradaba. Se incorporó y cogió de la mesa su taza de té, mientras observaba los pies de Susan, y a esta de reojo.

-¿Te gusta leer Paul?

-Sí, me encanta leer. ¿Y a ti?

-Me gusta, sí, pero solo leo libros de segunda mano. Nunca he comprado uno nuevo.

-Que cosas dices… Seguro que alguna vez has comprad…

-Son libros que la gente ya no quiere, o a los que sus dueños olvidaron en algún lugar… Puede que alguien necesitara el dinero y los vendiera… Yo los salvo; hago que vuelvan a ser queridos… 

-¿Y qué clase de literatura te gusta?

-La que me transporte a mundos diferentes, en los que pueda vivir experiencias que aquí no puedo; medieval, fantástica, romántica…

-Supongo que me gustan los libros más útiles; aquellos que me aportan conocimientos  sobre las cosas que ya existen, o que existieron. Sin duda la histórica es mi preferida. No me gustan las…

-Vaya, así que eres de esos que cree que las historias fantásticas carecen de interés; que no  aportan nada…

-Sí. Supongo que así soy…

-¿Y no te aburres?

-No, de hecho disfruto mucho leyéndolos.

-¿Has leído “La trágica historia del doctor Fausto”?

-No, pero conozco la historia.

-Pero conocer la historia no es lo mismo que vivirla palabra a palabra…

-Puede que tengas razón Susan…

-Es tarde… ¿no deberías de irte ya a casa Paul?.

-Sí, supongo que sí. Tendrás que descansar…

-Puedes venir mañana a la hora del té.

-Será un placer.

-Y tomaremos café en vez de té…

-Me parece bien.

-¿Querrás leerme “Fausto”? Verás cómo te gusta…

-¿Mientras tomamos café?

-Sí, como una sesión de esas de lectura… Tu leyendo en voz alta y yo escuchando…

-Sí, podría probar…

-Y después hablaremos de nuestros viajes pendientes, y de nuestras vidas, escucharemos a Edith y sentiremos París…

-¿Te parece bien que venga a las cinco?

-Sí, las cinco es buena hora.

-Déjame que te ayude con esto.- Paul levantaba la bandeja con las tazas de té; dispuesto a llevarlas a la cocina.

-No, no hace falta. Yo lo haré después…

-Como prefieras….

-Puedes cerrar la puerta al salir; me quedaré un rato aquí escuchando a Judy.

-Gracias por el té…

-Te olvidas la carta Paul.

-Da igual.

-¿Ya no la quieres?

-No. Es de alguien que dejó de tener qué contarme hace muchos años… Hasta mañana Susan.

2 comentarios

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  1. 39escalones said, on 22 marzo, 2010 at 10:33

    Ya lo decía Napoleón, que lo importante eran las maniobras de distracción…
    Besos


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