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La voz

Posted in La voz by AcontraA on 27 marzo, 2010

Aun recuerdo de la época en la que era un crío a “La María”, su aire de ciudad, su media melena llena de enormes ondas de un trazo perfecto y mimado. Parecía arrancada de una plató en Broadway  y proyectada  como por casualidad en mi pueblo, donde todo era viejo, hasta incluso nosotros los niños. Sus zapatos de tacón hacían que diera pasitos cortos, lo cual aumentaba su fragilidad. A su paso todo tomaba un aspecto inerte, ella era la vida del pueblo.

Las tardes de los miércoles, día en que las mujeres hacían la colada en el lavadero de la cuesta… nos escondíamos mis amigos y yo en el establo de mi tío Enrique, para mirar por las juntas de los tablones a La María…  cuando levantaba los brazos para tender eso hacía que la falda se levantara unos centímetros, pocos sí, pero para nosotros era todo un regalo; y después nos íbamos a casa de Juanillo y lo comentábamos. Su belleza hacía que la odiaras tanto como la deseabas, se movía serena, como si no existieran las prisas; era la culpable del insomnio que  sacudía a todos los hombres, niños y ancianos de la comarca; por aquella época debía tener unos cuarenta años… su expresión siempre me llamó la atención, aunque nunca lo comenté con ellos, y es que, ¿Quién perdería el tiempo mirando sus ojos?, ninguno de mis amigos, seguro. Su mirada parecía  ausente… Ahora a mis 45 la vería mayor para mí, a pesar de tener un lustro más que ella por aquel entonces, pero es que entonces era difícil ver unas piernas como aquellas y ahora las veo por todas partes, tanto, que se podría decir que a punto estoy de perder el interés por ellas.   

Una tarde de aquellas tontas en casa de Juanillo (que siempre andaba sólo porque sus padres regentaban el hostal del pueblo); mientras comentábamos la jugada del mediodía en la que habíamos tensado las cuerdas del tendedor de La María, esperando que nos regalaran esos centímetro de más… Carlitos comentó algo que nos dejó a todos de piedra. Sarita, la hija de La Joaquina, le había dicho que La María hablaba con alguien todas las noches, que una voz de hombre se podía distinguir perfectamente si había silencio, y que le decía cosas muy raras; que hablaban de secretos, de ciudades de Europa, de la Europa de ahí arriba… Y la Sarita que es muy cotilla se lo había comentado a Carlitos porque sabía que este y todos nosotros perdíamos la cabeza por La María… Así las cosas, no nos quedaba otro remedio que organizar una excursión el sábado por la noche a casa de La María para ver si eran ciertos los rumores. Celos como esos no creo que hayamos vuelto a sentir ninguno de los que estábamos aquella tarde en casa de Juanillo. Imaginármela en brazos de otro… tantas veces la había imaginado a mi lado, que sentía que me pertenecía, que lo nuestro era real. Por aquel entonces La María era dueña de  todos y cada uno de mis pensamientos.

Llegó el sábado por la noche, la espera se hizo eterna, nunca se me han hecho tan largos los días. Por la tarde corrimos todos hacia casa de Juanillo, como si de nuestro campamento base se tratara. Ya estaba todo arreglado con las madres, todos juntos pasando una noche en aquella casa. Y como esta tenía un pequeño jardín atrás, y  hacía buen tiempo, nos habían dado permiso para dormir en tienda de campaña; Marcos tenía una de un tío suyo que ya había muerto y que la dejó olvidada un verano en casa de este…

Instalados en la tienda y con todo un arsenal a nuestro alrededor de linternas, pasamontañas, cantimploras, mecheros, tebeos, prismáticos, palos  y una grabadora que José había cogido prestada a su padre que era policía, ya podía comenzar la función.

La María no era del pueblo de siempre, llevaba viviendo allí casi una década por aquel entonces. Llegaría con unos treinta años, nunca nadie supo desde donde, se rumoreaba que era la única familia de “El Loco” y que al morir este, ella heredó su casa;  que era la última del pueblo, justo caía al lado del cartel con el nombre tachado, yo diría que ni siquiera toda la casa quedaba dentro del pueblo.

Llegamos a  casa de La María a eso de las diez de la noche y la rodeamos; Juanillo estaba en la puerta principal y tenía la misión de avisarnos en caso de que se abriera esta; Marcos y yo cubríamos los laterales, no era difícil ver lo que sucedía dentro de la casa, pues las piedras mal colocadas de la fachada hicieron  de escalón, y los visillos casi transparentes me permitían ver con total nitidez… y más en un día como ese, caluroso, en el que La María había abierto las ventanas… La brisa movía los visillos y esto hacía que mi cara quedara al descubierto, en el fondo deseaba que ella me viera.  Carlitos y José cubrían la parte de detrás por si alguien llegaba a pie por el camino que bajaba desde la Iglesia hasta la carretera que pasaba justo por delante de la casa…

El salón tenía las paredes decoradas con un papel de rayas en colores pastel. En medio de la estancia un sillón de piel blanca; acolchado en rombos grandes. Frente al sillón una mesita lacada también en blanco, sobre la que reposaba una lámpara  que parecía pertenecer al camerino de una estrella de cabaret, de  esas que terminan en flecos y que hacía que la estancia se tiñera de un rojo tímido… En la chimenea yacían las brasas de la última vez que se utilizó. No se parecía a la que había soñado tantas veces, pero esta era real.

A las diez y media de la noche de aquel sábado sucedió. La María se sentó en el sillón, dejando que los extremos de su bata descansaran en el suelo… y sacó del cajón de la mesita  un cacharro metálico que parecía una radio, y lo colocó sobre sus piernas… Deseé ser esa radio, deseé estar con ella, mi deseo por La María crecía por momentos, nunca la vi tan cerca, tan en la intimidad, solo nos separaba un muro con ventanas y quise sentir que ella sabía que la estaba mirando. Podía escuchar el latido de mi corazón y sentirlo en cada rincón de mi cuerpo, me costaba mantener la respiración…

Le dio a un botón y aquella radio, o lo que fuera, empezó a sonar con voz de hombre sobre las piernas de La María. En ese momento ya nadie cubría la casa, los cinco nos agolpábamos en la misma ventana y nos pisábamos unos a otros intentando conseguir sitio para los pies entre las piedras de la fachada.

“María, tienes que irte. Mañana por la mañana llegará una señora y tienes que entregarle a Gabriel, por favor haz lo que te digo mi amor. Si no lo haces él te encontrará y me encontrará a mí, o lo que es peor, encontrará a Gabriel. Ella sabe lo que tiene que hacer, le he dado instrucciones.  María tienes que irte lejos; en un sobre junto con esta cinta te dejo la dirección de tu nueva casa en  España, tienes que permanecer allí para que yo te encuentre. Tienes que abandonar Londres, tienes que hacerlo ya, como te explico en el sobre. Llegaremos María, me reuniré de nuevo contigo, pero prométeme que nunca te entregarás a ningún hombre, que si algo me sucediera no vas a darle a otro lo que me diste a mí. He disfrutado mucho estando a tu lado y ahora muero de pensar que puede que nunca llegue a sentirte de nuevo, a recorrer tu cuerpo y a abandonarme en tus brazos. María, te deseo como el primer día, como cuando te conocí en aquel local de París. Estabas muerta, ¿recuerdas? Si él te encuentra te matará de nuevo. Te devolví la vida amor mío y me lo debes, tienes que esperarme porque te amé, porque aun te amo y te amaré siempre que recuerde tu nombre. No  te sientas abandonada  amor mío, no sientas que abandonas a nuestro hijo. Sueña cada noche que regreso a tu lado y así nunca olvidarás mi rostro, sueña que tu cuerpo se encuentra de nuevo entre mis brazos,  sueña que estás viva, sueña que eres madre; pero no vivas María por favor, no sin mí”

Nos dejamos caer uno a uno, el último en abandonar la ventana fui yo, creo que gracias a que Carlitos tiró de mi camiseta, de no haber sido por él puede que aun siguiera ahí clavado, fosilizado… El camino de vuelta hacia la tienda de campaña, subiendo la cuesta de la iglesia, parecía el regreso a una vida sin calles de película, sin ganas de dormir porque no teníamos ya a quien soñar, sin ganas de hablar de nada porque nada quedaba en ese momento… Los cinco, soportando en nuestros hombros el peso del ataúd que contenía los restos de nuestro primer desengaño amoroso, nuestro primer mito caído, nuestro primer paso de un todo a la nada, la voz del hombre al que ella amaba; peso que nos hacía caminar despacio y sin prisas por llegar a ese primer momento de una vida sin ella.

El compromiso y la maternidad no fueron fieles compañeros del deseo de un chaval de doce años…

Hace poco, en uno de esos viajes al pueblo, pasé por casa de La María, por recordar viejos tiempos. Un sábado, a las diez y media de la noche me asomé a aquella ventana sin tener que subirme a las piedras de la fachada. Y ahí estaba La María, anciana, escuchando la voz de un chico joven en una radio vieja… Qué cosas. Esa voz que años atrás arrancó de mí todo deseo por La María y que me pareció la voz de un hombre, hoy es la  voz de un chaval… Y donde vi a una mujer deseable escuchando una grabación de pasión, desesperación y amor, y a una madre como la mía; hoy veo a una persona que dejó de vivir, víctima del más cruel de los chantajes por parte de aquel hombre que decía amarla, y a una anciana preguntándose qué habría sido del hijo al que abandonó… Y es que el tiempo no pasa en balde, ni para La María ni para los críos que nos asomábamos aquella noche a la ventana. Me alegré de haberla mirado a los ojos hace cuarenta años, pues es lo único de aquella historia que seguía intacto con el paso del tiempo; la misma mirada ausente. La mirada de quien entregó su vida entera esperando a un amor que nunca regresó. La misma mirada que el espejo me devuelve hace un lustro… desde que Paula se marchó.

2 comentarios

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  1. 39escalones said, on 5 abril, 2010 at 6:44

    Me recuerda a “Malena” la película -un tanto fallida- de Giuseppe Tornatore. Pero este final es mejor.
    Besos.

    • todorelatos said, on 5 abril, 2010 at 8:27

      Supongo que no te sorprenderá que no la haya visto (sonrisa). ¿Me contarás el final? He mirado a ver cuál era el argumento y sí, el mismo, me alegro de que este final te gustara más.
      Besos


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