A contra A

Once cartas

Posted in ONCE CARTAS by AcontraA on 11 abril, 2010

Podría haber seguido allí de pie preguntándome que sería  de mí; pero no, hice algo y salí de ese estúpido bar con olor a muerto; y empecé a vivir la vida que se supone que había  venido a vivir, aun con medio siglo a mis espaldas… Supongo que es triste comenzar a leer y encontrarse a un personaje como yo intentando resurgir de las cenizas; aunque intuyo que más triste y patético si cabe sería encontrarse a alguien convencido de que la vida es bella a pesar de todo. Agradezco su confianza y sus ganas de tristeza, y sobretodo agradezco que quieran emprender este viaje conmigo a quién demonios sabe donde…  Dos décadas dedicadas a ese negocio, y ya no solo trabajando, porque el bar era de mi propiedad hasta hace una hora que me ha sido embargado, sino como el mejor de los mejores de mis clientes… Un dos por uno patético, lo sé; pero a eso es a lo que hoy intentaré poner remedio. Unos segundos metido en mi recién estrenada vida y ya me pasa algo diferente e insólito; una joven de apariencia demasiado elegante para caminar por este viejo y decrépito barrio se acerca a mí. -¿Podría usted enseñarme el papel con el sello y el número de teléfono?- Le enseñé el papel ,y ella a su vez, después de comprobar algo, me lo devolvió junto con un sobre que llevaba en su mano –¡Por fin!, era usted el último que me quedaba por visitar, pensaba que ya tendría que volverme a casa con la carta. Tenga  este sobre y lea lo que contiene, y a continuación abra el papel que Jaime le entregó hace unos años y léalo también-  y a continuación me regala una sonrisa, se da media vuelta y empieza a caminar calle abajo; tenían que haber escuchado el sonido de sus pasos… Guardé el sobre en mi bolsillo y me quedé ahí, mirando a la muchacha de negro con cara de ángel, hasta que esta desapareció tras la esquina ocupada por el quiosco de Juan… Un buen comienzo el de mi primer día en este mundo, el mundo exterior… En una tarde de nubes negras y rosas; de esas de atardecer oscuro que regala melancolía a todo aquel que se atreva a levantar la mirada…

Me escucho y me doy pena, pues a pesar de que yo mismo crea que necesito un cambio en mi vida, cierto es que ha sido provocado por causas externas; aunque bien mirado y desde un punto de vista de optimista agilipollado, esas causas las provocó mi cutre y vaga corta vida como empresario. No quiero hablar más del bar, del dichoso bar, porque desde hace una hora forma parte de mi anterior vida. Seguro que lo convierten en una de esas tiendas  de chorradas a menos de un mierda de euro…  Y sigo hablando de él…  

Pensé, mientras subía la cuesta de vuelta a la que dentro de unas horas  ha dejado de ser mi casa, que habiéndolo perdido todo, por primera vez en mi vida me sentía libre, y maldita la gracia, no tenía nada que hacer. ¿Y para qué demonios quería la libertad, si no sabía cómo utilizarla?… Así que pensé en aprovecharla y hacer una lista de cosas que un pobre desgraciado como yo podría hacer, ahora que disponía de todo el tiempo del mundo y de nada en el mundo… Y  comencé la lista con algo muy sencillo y fácil de llevar a cabo. Tomarme una copa en un bar; algo que sin duda se me da de miedo, pero que hace ni sé la de años que no hago desde el otro lado de la barra. Subí a casa, cogí del armario una gabardina que compré hace unos años, el día después de conocer a mi gran amigo Jaime, el mismo que la semana pasada nos abandonó para siempre, y salí de nuevo a la calle.

No llevo un clavo encima, pero eso es lo de menos… Parece que el chico entiende de copas, sí, he tenido buen ojo a la hora de elegir el bar. Me quedo de pie detrás de la barra mirando cómo la prepara, pero en cuanto se acerca con ella en la mano, corro a mi mesa; a ver si habrá pensado por un momento que iba a dejar que el primer objetivo de mi lista quedara a medio cumplir…  En ese instante me veo desde fuera; cosa que uno nunca debe  hacer, porque corre el riesgo de darse cuenta de lo patético que es en realidad; a mí siempre me sucede. Así que aun viéndome desde los ojos de los allí presentes, asumo sus críticas mudas y me siento en la mesa que me corresponde, siempre nos corresponde una, aunque pensemos que somos nosotros los que las escogemos a ellas… Ya con mi copa servida y mi mesa adjudicada… cogí aire todo lo profundo que pude y lo solté poco a poco, intentando saborear el momento al máximo. Tomé conciencia de mí, hacía años que no me tenía delante, tantos que hasta incluso me había olvidado de que estaba conmigo. Supongo que dejé de soportarme hace demasiado tiempo, y hubo un día en el que decidí seguir por la vida dándome la espalda y mirándome tan solo para reprocharme no haber triunfado, cosa inútil donde las haya, créanme, y más en mi caso, que por muchos reproches que me hiciera a mí mismo nunca iba a conseguir nada… Ese primer sorbo me supo a gloria bendita, bueno, a vodka bendito, a rico; a algo que mis ojos llevaban demasiado tiempo sin disfrutar, esa imagen de la mesa, la copa, las personas rellenando un espacio del que yo también era digno, y viendo con ojos de persona una mesa, una copa que no iba a tener que fregar después de haberla disfrutado, o sí, dependiendo de la reacción del chico cuando le dijera que no pensaba pagarla… Pero en ese momento eso seguía siendo lo de menos. Cuando hubiera terminado de disfrutar mi copa ya pensaría en ello. Estiré las mangas de mi gabardina una a una sujetando los puños y me acomodé en la silla de mimbre.  Lástima que hiciera tanto tiempo que dejé de fumar, ahora mismo disfrutaría muchísimo más de esta copa con un cigarro en la mano, pero ya no por el cigarro, sino por la imagen que vería de mi mismo, interesante hombre con gabardina, tomando una copa y fumando un cigarrillo a las cinco de la tarde en una cafetería del centro sin nada más que hacer que contemplarse a sí mismo. Ni por asomo pensar en volver a fumar, a ver quién iba a comprarme los cigarrillos…. Bueno, había llegado el momento de reírse un poco de los demás, tanto que se habían reído de uno, empezar a llorar penas en una barra, a contar historias falsas y verdaderas ,no se cuales surgirían más efecto a la hora de dar pena; seguramente las verdaderas… Supongo que pensarán ustedes en por qué no hice mi lista hace años, por qué comenzar una lista a estas alturas y con tan pocos medios… Tiempo, algo que desconocía que existiera hasta este momento, tiempo para pensar en lo que realmente uno desea. He conocido a toda clase de personas en estos últimos años de mi vida. Personas que entraban a tomarse un café rápido en la barra y ni siquiera perdían el tiempo en darme los buenos días, personas que venían a verme con la excusa de una caña, personas que hasta incluso me sonreían, personas deseando pasar desapercibidas, incluso personas que daban las gracias… Sin duda la que más me marcó de todas aquellas que me encontré fue Jaime, mi viejo y sensato amigo Jaime. Recuerdo como si se tratara de hace diez minutos la primera vez que él entró en mi bar, bueno, en el que por aquel entonces era mi bar… Se abrió la puerta una de esas noches de lluvia imposibles; en las que tan solo quedábamos allí un servidor, al que no quedaba otro remedio, y los cuatro desprovistos de material para hacer frente a tan despiadada noche… Acompañado del sonido de las cataratas que descendían de la fachada, entró Sam, por aquel entonces un señor de cuarenta años, señor de los que ya no quedan, y de los que nunca, por aquel entonces, entraban en mi bar. Jaime hizo que en cuestión de segundos mi día se tornara en un día digno de ser vivido. Valiente chorrada, pensarán ustedes; pues no lo es, y menos si tenemos en cuenta que para mí, servir a un señor como aquel, significó devolver la dignidad a una barra podrida de malas maneras… Recuerdo aquella primera conversación con él.

-Buenas noches caballero.

-Buenas noches, ¿puedo ayudarle en algo?

-¿Querría usted ayudarme si en su mano estuviera hacerlo?

-Bueno, ¿Qué se le ofrece?

-¿Quiere usted saber qué se me ofrece? ¿De verdad quiere saberlo?

-¿Quiere tomar algo?

-Sí, quisiera un café americano por favor.

-Muy bien. Enseguida.

-Gracias caballero- Jaime dejaba la cucharilla y los azucarillos en la barra y sostenía el vaso de café con la mano derecha, mientras con la izquierda sacaba un papel doblado del bolsillo de su gabardina clara…

-No hay de qué.

-Sí que lo hay. Entonces, ¿está usted dispuesto a ayudarme?

-Me refería a si podría servirle algo.

-Lo suponía.

-Bueno, pero si usted necesita de mi ayuda y está en mi mano, podría…

-Sí, necesito su ayuda y está en su mano ayudarme.

-Dígame…

-Mi nombre es Jaime. El suyo es…

-Paco.

-Muy bien Paco. ¿Y por qué ha decidido usted ayudarme en algo que no sea servirme un trago?

-No lo sé.

-Pues debería usted saberlo. La ayuda no es algo que pueda regalarse así como así, ¿no cree?

-Sí, supongo.

-Entonces, ¿por qué va a intentar ayudarme? Me gustaría que fuera totalmente sincero en su respuesta…

Ahora; quince años después de aquella noche, aquí sentado en esta mesa delante de una copa; pensaba que iba a verme como vi a Jaime aquella noche, y sin embargo lo único que tengo es miedo de que los que están alrededor descubran el impostor que soy; que no estén viendo en mí al caballero que intento representar, sino al pobre infeliz que soy en realidad… Llueve, como aquel día, aun queda algo de luz, pero pronto anochecerá y las gotas golpean los cristales de los ventanales como toques que me llaman a regresar al pasado… Miro al vacío y me devuelve la imagen de aquella noche, de nuevo… Aquel día fui totalmente sincero en mi respuesta a Jaime, puede que la única vez en mi vida que he sido sincero de verdad. Ser sincero es pensar en voz alta, no hay otra manera de serlo…

-Quiero ayudarle si está en mi mano, porque desde el momento que ha entrado por esa puerta mi día ha cambiado. Porque pienso por lo poco o nada que le conozco que es usted especial, y hay muy pocas personas originales y especiales en el mundo.

-Es una respuesta que no esperaba, pero que me ha convencido sin duda de que es usted un hombre sincero. Yo permitiré que usted me  ayude por el simple hecho de ser usted, y no por nada en especial.

-Dígame entonces, ¿en qué puedo ayudarle?

-Sí, puede usted guardar esto.- Jaime estiraba el brazo hacia mí, por encima de la barra y me entregaba un papel doblado.

-Claro, ningún problema.

-Sí, hay un problema Paco, que no sé por cuánto tiempo tendrá usted que guardar el papel, puede que sean días, puede que sean años… Si algo me sucediera tendrá usted que llamar al teléfono que está escrito en el exterior del papel y vendrán a recogerlo.

-Muy bien, no hay problema. Pero… ¿cómo sabré si le ha sucedido algo?

-Lo sabrá porque a partir de esta noche empezaré a venir cada día a su bar. El primer día que falte será porque me ha sucedido algo que no me permite seguir con mi rutina.

Así que aquella noche cogí el papel blanco doblado y precintado con un sello, lo metí en el cajón que había bajo la caja registradora; ese del que tan solo yo tenía la llave, y allí se pegó el papel quince años, hasta hace una semana; cuando me avisaron del embargo y empecé a llevarme papeles a casa, mañana en la que Jaime por primera vez en quince años faltó a nuestra cita diaria. Casualidad a la que mejor no dar vueltas… Y aquella misma tarde en que faltó mi amigo Jaime;  llamé al teléfono del papel y me respondió una chica, la misma chica, supongo, que vino esta mañana a entregarme el sobre. A mi amigo le entretenía mucho jugar con las personas, disfrutaba dejando en jaque mate a cualquiera, no eran sus preguntas y respuestas las habituales que uno puede andar escuchando día tras día, hora tras hora, no, él era especial… Recordando a Jaime, saco de mi bolsillo el papel y el sobre y los pongo sobre la mesa, y los miro, y disfruto de un trago. No sé si debería de abrirlos ya o vivir con la duda. Puede que esta duda me ayude a seguir viviendo, puede que una vez leídas las cartas de mi amigo, no quede nada especial en mi vida por lo que merezca la pena vivirla… Pues ahora mismo, después de casi una hora aquí sentado, empieza a hacerse habitual lo que hasta hace unos minutos era un placer, un deseo por cumplir.

Al final decido abrirlos; primero la carta:

Sabía que esta carta llegaría a tus manos Paco, buen amigo donde los haya. Sabía que eras el único de todos ellos que me ayudaría y haría exactamente lo que le pedí; hasta incluso después de mi muerte has respetado tu promesa. Y sé que eres tú porque seguiste triste Paco, amigo mío. Gracias, por sonreír  todos los días a pesar de tu pena, gracias por dejar que me mirara a través de tus ojos y no de los míos, gracias por cumplir tus promesas y por no invitar a esas chicas de sonrisa falsa que intentaron robarte y que me han llevado siempre por el camino de la perdición. Gracias Paco, por ser mi amigo y dejar que me apoyara en tu barra, en tu hombro. Gracias por tu generosidad cuando te dejaba a deber durante meses, aunque nunca me hizo falta, te puse a prueba cientos de veces… Ya sabes cómo me gustaba jugar con las personas… Hoy quiero que tú, siempre dispuesto a ayudarme, y que diste todo por nada, tengas todo. Fue un juego muy simple el mío; repartí once cartas a once personas que conocí, algunas, como tú, a las que observaba desde hacía un tiempo pero que no conocí hasta el mismo día de hacer la entrega y otras las entregué a personas que estaban en mi vida desde hacía mucho o poco tiempo. Aquellos días en los que escribí las cartas, me rondaba por la cabeza la idea de que en nadie podía confiar, y había decidido acaba con una vida de la que ya nada podía esperar y en la que me había fallado la persona en la que más confianza había depositado y sin duda a la única que había amado. En cada carta escribí un mensaje en particular, para cada uno de vosotros, los receptores. Eran tres consejos, que en el caso de ser descubiertos por vosotros, de una u otra manera iba a notar que habíais leído la carta. Te sorprendería con qué rapidez empezaron a abrirlas… Pienso que la tuya es la única que se mantiene cerrada, pero puede que me equivoque, ya sabes que siempre cabe una posibilidad con la que no contamos. Aun a riesgo de haberme equivocado, necesitaba decirte estas palabras y contarte una más de mis historias. Llama al teléfono que aparece al pie de esta carta, es el de mi notario, él te explicará cómo hacerte con todo mi patrimonio que es tuyo. Aunque ahora reescribo esta carta que hace quince años escribí dirigida a “nadie en particular”, puede que mis sospechas no sean ciertas y puede que aun quede un papel sellado por abrir a parte del tuyo… Si hubiera sido así estarás ahora mismo junto a esa persona leyendo la carta y tendrás que compartir con ella, no solo la carta, sino también la herencia. ¿Por qué tú? Que preguntas tienes Paco. ¿Por qué razón guardaste la carta todos estos años?

Gracias mi gran y único verdadero amigo.

Jaime.

Pueden apagar los focos y que termine la escena, por hoy es suficiente. Vaya, parece que no, que no estoy rodando una película. No es posible que todo haya sucedido así. No en mi mísera vida, no en mi cutre y triste vida. Va a resultar que en el último momento, en ese en el que uno empieza a perder la esperanza, todo puede arreglarse… Vaya, un segundo… ahora todos me miran de diferente manera. ¿Sabrán lo que decía mi carta? ¿Me verán cómo yo me veo ahora mismo? Me olvidé de que aquella carta estaba en el cajón hasta la semana pasada que saqué de él todo para llevarlo a casa y recordé las palabras de Jaime el día en que me la dio, por eso llamé al teléfono. Y no es que no la leyera por respeto o lealtad a un amigo, sino porque nunca he sido un cotilla. Sea como sea me alegro de que mi falta de curiosidad alargara la vida de un hombre. Lo que no sé es si merezco la recompensa por ello. Sí, no vayan a pensar ustedes mal, que el que suscribe es gilipollas, pero aun no llega a la categoría de lelo. La cobraré, claro, solo pretendía mostrar un poco de ética, mostrarme como la buena persona que mi amigo pensaba que era…

Son más curiosos ustedes que yo por lo que veo… abriré la hoja sellada y la leeré, aunque a nadie nos gusta que nos den consejos, y menos leerlos delante de extraños… Un momento; permítanme que le pida un cigarro al hombre que ocupa el extremo de la barra, es de los míos, con gabardina y dinero, se nota los que tenemos clase. Entenderá que uno se haya podido dejar la pitillera en casa. Ya está, servido… segunda copa en la mesa, cigarrillo en la mano y consejos a punto de ser leídos…

Rompo el sello, desdoblo el papel y leo:

No sé en qué momento estará abriendo esta carta; aunque prometió usted ayudarme, guardarla y no leerla nunca. No se preocupe si ha incumplido su palabra, la naturaleza humana es así, por desgracia entiendo de estas cosas…

Ya que dijo usted que podría ayudarme, y teniendo en cuenta que puede que no lo hiciera guardando esta carta, me voy a permitir pedirle tres favores en forma de consejos…

El primero: Deje de caminar todos los días de vuelta a casa con la cabeza gacha e intentando dar pena. Las personas con las que se cruza no ven su pena, tan solo usted puede verla. No se haga eso a sí mismo y levante la cabeza por el amor de dios…

El segundo: No sonría a todas esas personas. No trate con respeto a aquellas personas que no lo tratan a usted como merece ser tratado, como ser humano que es. No pierda el tiempo con aquellos que no le dedican a usted el suyo.

Y el tercero y no por ello el menos importante: No permita que ninguna mujer que sonría pague una copa en su bar. Pues la sonrisa que nos regalan al mirarlas, ni con todas las copas del mundo se paga…

Paco, mírese usted desde los ojos de los que lo respetan y no desde los de aquellos que le humillan.

Al margen de en qué momento ande leyendo la carta, le doy las gracias por haberme querido ayudar.

Un cordial saludo.

Jaime.

 

 

 

4 comentarios

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  1. 39escalones said, on 12 abril, 2010 at 7:04

    Eso sería la ruina del bar…
    Besos.

  2. todorelatos said, on 12 abril, 2010 at 7:10

    Sin duda… Aunque lo fue de todos modos…
    Besos.

  3. Poincaré said, on 13 abril, 2010 at 12:28

    Y al final nos quedamos sin saber cómo gestionó el pago del par de vodkas…al principio pensé que menudo arrojo, si bien luego supuse que alguien que ha estado detrás de una barra es el que verdaderamente sabe cómo se pueden conseguir dos copas y una sonrisa a cambio de nada o quizás a cambio de una promesa o mejor de un secreto…y si Jaime hubiera sido él mismo años atrás y ahora le tocara a él destino de hacer exactamente lo mismo con el siguiente…

    • todorelatos said, on 13 abril, 2010 at 13:28

      Desde su nueva posición de rico Poincaré, seguro que le dejaron irse sin pagar… Pues él mismo se había metido en un papel que cualquiera hubiera creido… a cuanta gente con eso le basta… ¿No crees? Seguro que le dejaban irse sin pagar las dos copas, un hombre así puede haberse olvidado la cartera…


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